Soy incapaz de abandonar costas. Me declaro incapacitada para el abandono y las despedidas a largo plazo. Sufro cada adiós y me entrego al remanso de los ecos, sin embargo, el verdadero dolor se ubica en el sitio exacto de mi cuerpo que me obliga a sostener fuerte cada hilo que me ata a mis viejos entes.
Órganos y glándulas pútridas que ya no son más que ruinas de lo que quise y no fui. Ganas de todo y de nada, de caminar y de quedarme, de ir y decir para luego arrepentirme. Ganas de pedirte que vuelvas que te aferres a mis cintura. Ganas de decirte por enecima vez que te pertenezco a pesar de que sepamos que estoy mintiendo con cada fibra que me compone. Ganas, infinitas ganas de que vuelvas para luego echarte a patadas y maldecirte a gritos por la ventana mientras te repito, repitiéndome a mí misma que eres un egoísta por volver para saber que no te quedas jamás conmigo.
Lágrimas, por poseer cada vez más piezas, por golpearme el alma con todos los seres que dejo ingresar. Rabia por dejarme romper tan de fondo y más aún por no dejar que nadie más me repare. Miedo por tanto amor y tanto odio. Por la equidad de la competencia que siempre creí tenías ganada tú.
Se acaba y todo parece una repetición de la misma despedida de siempre. Te vas con otra, con muchas tantas, como siempre y yo me voy y me enamoro de cualquiera que se enamore de mi y ahora creo que es diferente, pero el eco de este paisaje aún grita tu nombre y tengo miedo de que él lo escuche y se despida de una vez y para siempre.
Miedo sí, porque lo quiero, porque se me fue medio hígado soñando que era especial para descubrir que solo bastaba abrir los ojos y tenerlo cerca para engendrar la certeza de que no hay nadie que me pueda curar más que él (aunque yo no quiera) miedo porque el abismo me pone a hacer equilibrismos y en cualquier momento puedo caer y perderlo para siempre por seguir sintiendo el magnetismo de los entes volátiles, por seguir orbitando seres que no saben de in-movimiento. Miedo por no saber sacarte y por no saber vivir si él.